LOS QUE SE ROBARON LA VERDAD

LOS QUE SE ROBARON LA VERDAD

Sergio Torres

«¿Dónde está el periodista? En estos momentos de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario»: George Orwell.

Otro campo de confrontación que se disputa en simultáneo, es el de la guerra mediática que avanza sobre un territorio dominado por las grandes corporaciones y sus respectivas empresas de comunicación masiva. La generación de información ficticia, manipulada y difundida para generar sensaciones y sensibilidades, secuestrar y asesinar la verdad, para matar con ella la posibilidad de diálogos profundos y pensamiento crítico.

El modelo de guerra proxy envía mercenarios a los territorios convertidos en campos de combate para matar con “puñal ajeno”, generar y atizar la guerra, sin que esto signifique bajas propias en los ejércitos regulares estatales. En el campo de la guerra mediática, este papel lo cumple el periodismo, prepago y servil a las agendas y líneas editoriales de los enormes medios corporativos.

El imperio de los Estados Unidos intenta imponer en el mundo la amenaza, el injerencismo, el saqueo y la confusión como parte de la estrategia de guerra. Con ella busca construir una falsa historia, en la que sigue siendo un imperio poderoso e invencible, disfrazando su real e imparable declive.

En países donde las oligarquías y mafias locales, son serviles a dichos intereses imperiales, trasladan estas lógicas y se configuran, en modo región, escenarios para su desarrollo y operación. Calcando un modelo de guerra, cuyo componente fundamental está en el torcimiento y manipulación de la información, no importa qué tan rápido la propia realidad la desmienta o revele las verdades de dichos conflictos e intereses.

El caso regional más evidente lo sufre Venezuela, con el secuestro del presidente Nicolás Maduro, el pasado 3 de enero; el sustento comunicacional imperialista creó el imaginario de un inexistente cartel del narcotráfico, bajo el cual justificar la agresión a un Estado. Después, con el daño ya hecho, simplemente lo desmintió y lo dejó a un lado, con la simpleza de cambiar un canal. Misma estrategia con la que mantienen amenazados y bajo chantaje a otros gobiernos.

En todos estos casos no solo repiten, sino que apuntan que ‘la verdad sea la principal víctima de la guerra’. Situación que interpela, o debería interpelar, a quienes por oficio debieran ser guardianes, protectores y agentes de la verdad.

Para el caso colombiano, negar, reciclar o repetir como axiomas, los postulados falsos de las matrices de la guerra comunicacional, es tan violento y contrario a la paz, como el impulso de la mercenarización del conflicto armado.

Replicar con la desfachatez del desconocimiento, el negacionismo sobre el contenido político del conflicto, negar la propia historia y las construcciones ideológicas de los actores de la realidad, no solo es desdecir del oficio de periodista, sino acabarlo y ponerlo en función de la guerra.

La mentira es un arma de guerra; quienes cumplen con instalarla para manipular, ganar electores o exonerar genocidas, se convierten en delincuentes de la información. Robar o secuestrar la verdad solo contribuye a ese modelo de guerra, que pretenden perpetuar. En una realidad que, por más que la nieguen, seguirá estando y será siempre conflictiva.

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