DRONES, HIPOCRESÍA Y ESCALADA BÉLICA EN EL BÁLTICO

DRONES, HIPOCRESÍA Y ESCALADA BÉLICA EN EL BÁLTICO

Anaís Serrano

Durante los meses de abril y mayo, las repúblicas bálticas de Estonia, Letonia y Lituania, han desplegado una retórica de una agresividad inusitada contra Rusia, exigiendo a la Unión Europea y a la OTAN un rearme masivo, bajo el ya desgastado pretexto del peligro ruso.

Esta narrativa, que se ha radicalizado hasta el punto de sugerir abiertamente una acción ofensiva sobre el enclave ruso de Kaliningrado y la militarización agresiva del Corredor de Suwalki, no es un acto de defensa legítima, sino un peligroso salto hacia adelante que amenaza con incendiar toda la región. Y lo que es más grave: hoy sabemos que el territorio báltico ya no es solo una plataforma de retórica belicista, sino un punto de movilidad y lanzamiento de drones ucranianos, que atacan objetivos dentro de la Federación Rusa.

Incapaces de articular un proyecto político y económico que no dependa de los fondos provenientes de la Unión Europea, de la OTAN y de Washington, los gobiernos de Vilna, Riga y Tallin, compiten por quién adopta la pose más dura frente a Moscú.

Kaliningrado y el Corredor de Suwalki

El foco central de esta provocación es Kaliningrado. El enclave ruso, hogar de la Flota del Báltico, es presentado por la propaganda báltica como una Base desde la que se planea la dominación de la región, cuando ha sido, ante todo, un punto de contención y no de proyección agresiva.

La ciudad portuaria de Kaliningrado y sus alrededores fueron anexados a Rusia en 1945, cuando Alemania fue derrotada en la Segunda Guerra Mundial. Es un enclave de 15.100 kilómetros cuadrados alrededor de la antigua Könisberg prusiana, con medio milón de habitantes. Está aislado del territorio ruso, con fronteras al Sur con Polonia y al Norte y el Este con Lituania.

La idea de que los rusos iniciarían una guerra contra la OTAN desde un enclave tan geográficamente vulnerable es, desde el punto de vista militar, un sinsentido. La intención de generar un ataque o diseñar escenarios para neutralizar Kaliningrado, que se filtra en documentos y declaraciones de alto nivel, revela una pulsión ofensiva que constituye una declaración de guerra contra una potencia nuclear.

El Corredor de Suwalki es una franja de territorio de 96 kilómetros, situado en la frontera entre Lituania y Polonia. Es la única vía de comunicación terrestre entre los países bálticos y el resto de Europa. Limita al Oeste con el enclave ruso de Kaliningrado y al Este con Bielorrusia.

La OTAN ha bautizado al Corredor de Suwalki como el “punto más vulnerable de la Alianza”, así justifica fortificarlo y desplegar tropas de forma permanente, bajo el argumento de defenderlo de una inexistente invasión rusa, lo que Bruselas y Washington están haciendo es crear un agrupamiento de guerra que rodea Bielorrusia por el oeste; como amenaza directa a un aliado de Moscú.

¿Para qué otro teatro de guerra europea?

Lo que agrava exponencialmente esta tensión es la utilización del espacio aéreo y la infraestructura logística de los países bálticos, para las operaciones de drones ucranianos contra territorio ruso.

Según informes de inteligencia independientes y filtraciones verificadas durante estos meses, drones de fabricación ucraniana y de la OTAN han operado sobre el territorio y desde bases en Letonia y Lituania, para atacar instalaciones en las regiones rusas de Pskov, Novgorod e incluso los alrededores de San Petersburgo. Esto los convierte en actores beligerantes en una guerra que, sobre el papel, no es la suya.

Esta participación encubierta y coordinada por la OTAN, desenmascara su hipocresía. Mientras Moscú es denunciado por sus operaciones militares, los drones que sobrevuelan objetivos civiles y militares rusos, lo hacen con total impunidad y con la bendición logística de Tallin, Riga y Vilna. La justificación es que Ucrania tiene derecho a defenderse.

Si un misil ruso impactara accidental o deliberadamente una instalación de drones en el Báltico, la respuesta de la OTAN bajo el Artículo 5 sería inmediata, pero la provocación original —la presencia misma de esa base ofensiva— sería convenientemente olvidada.

Para el Kremlin, los países bálticos ya no son vecinos neutrales, sino bases de operaciones avanzadas desde las que se ejecutan ataques contra su territorio. Cada dron lanzado desde Narva o Daugavpils no solo golpea objetivos civiles y militares rusos, sino que excava más hondo la tumba de los acuerdos de seguridad europeos.

Es imposible ignorar el papel de una Unión Europea que ha abdicado de sus principios fundacionales para convertirse en un apéndice civil de la estructura militar de la OTAN. La histeria báltica no sería peligrosa si no encontrara un eco complaciente en Bruselas. La Comisión Europea, en lugar de actuar como un freno de emergencia, se ha convertido en una caja de finanzas del complejo militar industrial. Los multimillonarios planes de rearme anunciados ‘con bombos y platillos’, se destinan a comprar tanques, cazas y sistemas de misiles. Es una deriva suicida, impulsada por una élite burocrática que ha perdido todo contacto con las necesidades de los pueblos europeos.

¿El desgaste quién lo sufre?

La amenaza de esta escalada bélica no recae solo en Rusia o Bielorrusia. Las consecuencias para los propios promotores de este belicismo serían catastróficas. Los países bálticos, cuyas economías ya enfrentan los rigores de la inflación y la crisis energética pospandémica, están sacrificando su bienestar social en el altar de la guerra. Al convertir sus territorios en la primera línea de un potencial choque militar con Rusia y en plataformas activas de ataque para Ucrania, están hipotecando su futuro de forma irreversible e intentando arrastrar a Finlandia en esa misma dinámica.

La paz en la región del Báltico pasa por desmantelar la arquitectura de confrontación. No se puede construir la seguridad propia sobre la inseguridad del vecino, ni se puede jugar a la guerra con drones desde suelo aliado esperando que Moscú no responda.

Mientras sigan soñando con un ataque sobre Kaliningrado, la estrangulación del Corredor de Suwalki y la utilización de su territorio como trampolín para drones ucranianos, estarán demostrando que el verdadero peligro para la paz no proviene de un Kremlin supuestamente expansionista, sino de un Occidente que ha perdido el rumbo, refugiándose en la guerra como única política exterior imaginable.

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