EL MODELO ACRECIENTA LA BRECHA DE DESIGUALDAD
Chavela Villamil
El modelo concentra el capital en un reducido grupo plutocrático, mientras fomenta la pobreza en la mayoría de la sociedad, además exacerba la desigualdad, que es la piedra angular del capitalismo, donde muchos carecen de cosas básicas. para que pocos acumulen riqueza y privilegios.
El modelo actual hace incremental los indicadores pobreza (monetaria y multidimensional) y desigualdad, generando grandes déficits del Gasto Social, que los Estados son incapaces de subsanar, ya que el modelo en sí mismo es deficitario; a su vez, el modelo económico tiene implícito un incremento constante de la brecha de desigualdad social, a tal punto que hoy es insostenible.
Durante décadas el modelo capitalista ha venido experimentando una crisis, que ha contraído paulatinamente la economía global, lo que ha conllevado la desaceleración de la economía, afectando la sostenibilidad fiscal de los países, sin importar si son desarrollados o en desarrollo, impacto que se siente con mayor fuerza en los países dependientes del capital extranjero, obligando a decenas de países a incrementar constantemente su Deuda Externa (DE), por medio de suscribir constantemente empréstitos con la banca multilaterales, con los que sostienen el statu quo y su régimen económico y político, permitiendo que las potencias económicas decidan las políticas económicas de los países deudores… con lo que se pierde soberanía, se arruina la democracia representativa y se hincha la oligarquía.
La pobreza y la desigualdad crecen por el sistema imperante
Según el Informe Sobre la Desigualdad Global 2026 (WIR 2026), del Comité de Oxford de Ayuda Contra el Hambre (Oxfam, por su sigla en inglés), la desigualdad social global contribuye a la muerte de al menos 22.000 personas cada día. De acuerdo con este Informe, la desigualdad global en el acceso al capital humano sigue siendo enorme hoy en día, probablemente mucho mayor de lo que la mayoría de la gente imagina.
El gasto promedio en educación por niño en África subsahariana rondaba los 200 euros (en paridad de poder adquisitivo, PPA), frente a los 7.400 en Europa y los 9.000 en Norteamérica y Oceanía: una diferencia de más de 1 a 40, es decir, aproximadamente tres veces mayor que la brecha en el Producto Interno Bruto (PIB) per cápita. Estas disparidades condicionan las oportunidades vitales a lo largo de las generaciones, afianzando una geografía de oportunidades que exacerba y perpetúa las jerarquías de riqueza globales [*].
El WIR 2026 deja claro que los ingresos y la riqueza han alcanzado máximos históricos, pero siguen estando distribuidos de forma muy desigual; por ejemplo, el 0,001 por ciento más rico —menos de 60.000 personas—, posee tres veces más riqueza que la mitad más pobre de la humanidad en conjunto.
Este desequilibrio de riqueza se ve agravado por las disparidades regionales, ya que el sur y sudeste asiático y el África subsahariana se encuentran muy por detrás de América del Norte, Oceanía, y Europa. En casi todas las regiones, el 1 por ciento más rico posee más riqueza, que el 90 por ciento más pobre en conjunto.
En este contexto se muestra claramente el privilegio estructural del mundo rico en el sistema financiero internacional; lo que antes se describía como el “privilegio exorbitante” de Estados Unidos (EEUU), —contar con endeudamiento barato gracias al papel del dólar como moneda de reserva, mientras invertía en el extranjero con mayores rendimientos—, se ha convertido en una ventaja sistémica de la que gozan las economías avanzadas en su conjunto; estos países registran sistemáticamente flujos de ingresos positivos provenientes de naciones más pobres. Esto no es producto de la eficiencia del mercado, sino de un diseño institucional, arraigado en el dominio de las monedas, las asimetrías de cartera y las normas financieras globales que permiten a los países ricos operar como rentistas financieros.
El resultado trágico es una forma moderna de intercambio desigual: las naciones más pobres transfieren cada año grandes porcentajes de su PIB a las más ricas, reduciendo su capacidad fiscal y limitando su capacidad para invertir en servicios esenciales como educación, salud e infraestructura. En lugar de corregir los desequilibrios globales, el sistema financiero internacional actual los afianza, condenando a los países en desarrollo a una desventaja estructural.
La desigualdad no solo persiste en el terreno económico y monetario, sino también en el campo medioambiental; según el WIR 2026, las contribuciones al cambio climático distan mucho de estar distribuidas de manera uniforme. Si bien el debate público suele centrarse en las emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI) asociadas al consumo, nuevos estudios han revelado cómo la propiedad del capital desempeña un papel fundamental en la desigualdad de las emisiones.
El 10 por ciento más rico del mundo concentra el 77 por ciento de las emisiones globales de GEI, asociadas a la propiedad privada del capital, lo que subraya que la crisis climática es inseparable de la concentración de la riqueza. Abordarla requiere una reestructuración específica de las estructuras financieras y de inversión que alimentan tanto las emisiones como la desigualdad.
Nuestra economía solo es viable si cambiamos el modelo
Durante décadas gran parte del país y en especial las zonas periféricas de la Colombia profunda, han estado sumidas en un total abandono estatal, a tal punto que carecen de servicios fundamentales como alcantarillado y agua potable; lo que conlleva a que crezca constantemente la pobreza multidimensional, y con mayor fuerza se incremente la pobreza monetaria, en gran medida por el bajo poder adquisitivo per cápita, que a su vez está determinado por la falta de empleo formal, y la sobre proliferación del subempleo -rebusque-, que ni incrementa el poder adquisitivo ni mucho menos permite suplir las necesidades básicas.
La marcada contracción de la economía requiere que el Gobierno trace un plan de emergencia, que en plazo inmediato debe centrarse en la disminución del Gasto Corriente (burocracia, guerra, pago de la DE) y el incremento del recaudo, centrando este último no en la captación por masa de capital, sino en la captación por volumen de capital neto. Nuestra política económica debe estar fundada en favorecer a todos los colombianos, en especial en subsidiar capas bajas de la sociedad, además el desarrollo sostenible debe tener como eje central el aumento del poder adquisitivo per cápita y la disminución de los beneficios fiscales y tributarios de los mega empresarios; en otras palabras, como sociedad debemos luchar por una política económica que disminuya el Gasto Corriente e incremente de manera integral el Gasto Social.
Dar solución a la crisis económica del país implica congelar los montos destinados a la DE y en el mediano plazo renegociar este pasivo; además, la política estatal debe desarrollar un plan estricto de austeridad fiscal, que desde luego debe contemplar la disminución de la carga burocrática y decrecer el Gasto Corriente.
La reactivación y la solidez solo es posible incrementando el flujo de capital líquido y mejorando el poder adquisitivo per cápita, lo que tiene implícito dar solución al desempleo, a la vez que se desarrolla un plan de formalización del empleo. Por lo tanto, es inaplazable un cambio estructural de la política económica y laboral, en otras palabras, se debe incrementar la tributación de las grandes empresas y de los grandes capitales, generando una política redistributiva que invierta este dinero en planes de desarrollo integral sostenible, que dé prioridad a la inversión nacional y retraiga la inversión de capital trasnacional.
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[*] Informe Sobre la Desigualdad Global 2026. Oxfam, 2026.