ESTADO DE VIGILANCIA

Comandante Antonio García

No es casual la aparición de personajes ultraderechistas en el paisaje político, pues tanto el fascismo del siglo XX, como el neofascismo actúa como “plan B” del sistema.

Cuando las élites sienten amenazada su posición de poder, promueven el autoritarismo para preservar los intereses de las élites, y al final terminan profundizando la desigualdad y la impunidad institucional.

Hoy se organiza y coordina globalmente, conformando una suerte de Internacional Neofascista que se articula mediante partidos, foros y eventos transnacionales (cumbres y encuentros europeos y latinoamericanos). Ha logrado presencia electoral y gubernamental en varios países y dirige estrategias conjuntas, para difundir agendas neofascistas y neoliberales en distintos espacios políticos y mediáticos.

Por otro lado, en la administración Trump surgió un fenómeno que periodistas y académicos denominan “tecnofascismo”: la convergencia de IA avanzada, vigilancia masiva y concentración económica para controlar disidencias, perseguir migrantes y reemplazar empleo público; impulsada por multimillonarios tecnológicos con acceso al poder. Estas alianzas priorizan eficiencia y control estatal sobre la sociedad, intensificado el uso de herramientas digitales en políticas represivas.

Se han documentado casos concretos: sistemas que analizan redes sociales para revocar visados por opiniones políticas; la expansión de capacidades de ICE en biometría y geolocalización; y contratos entre gobiernos y empresas tecnológicas, que integran bases de datos y puntajes facilitando detenciones y deportaciones. Estas prácticas han motivado denuncias por vulneraciones a la libertad de expresión y derechos humanos.

Figuras como Elon Musk ilustran la realidad, donde la imbricación entre capital y Estado mediante donaciones, comisiones y proyectos públicos, que prometen eficiencia pero generan despidos y conflictos sobre datos y rendición de cuentas. El caso de Palantir y Alex Karp —con su manifiesto sobre una “República Tecnológica” y su defensa de un poder duro guiado por software— ejemplifica y alimenta el debate: mientras algunos lo consideran una visión necesaria de seguridad tecnológica, otros lo califican de tecnofascista y piden desinversión; la presencia de Palantir en contrataciones gubernamentales y la posible legislación para análisis masivo de datos, en países como Alemania intensifican las preocupaciones, sobre un avance hacia un Estado de vigilancia.

De esta manera el fascismo está entre nosotros, la «sociedad de control» está en la cotidianidad, en las redes que consumimos a diario, en la tv, en la radio, la prensa, la comida, el transporte, en el trabajo, en la escuela, sobre todo en las comunicaciones y Redes sociales. El rastro de nuestras vidas está almacenado en los servidores a disposición de las agencias de inteligencia.

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