…‘Y LA LUCHA CONTINUA’
Damaris Izaguirre
Esta contienda electoral dejó claro que estaba en juego defender un modelo de país, lucha de clases donde la élite dominante y sus medios de comunicación manipulan la opinión publicada, para evitar un levantamiento popular que deponga el statu quo.
La implementación de una política burguesa, que responde a los intereses del capitalismo y el imperio del norte y sus políticas, lleva a que en Colombia reine la pobreza y desigualdad social, contrastando con los privilegios de sangre que han ostentado las familias oligarcas, que han hegemonizado el poder, pasándolo de mano en mano a través de generaciones, a cuya sombra parasitan los nuevos ricos y los partidos tradicionales, expertos en explotar las ilusiones de Los Nadie y ser serviles a los intereses del viejo régimen y el Tío Sam.
Esta desigualdad marcada ha sido un ‘caldo de cultivo’ que le ha permitido al régimen y sus políticos, instrumentalizar los anhelos de cambio y de esta forma sostener el statu quo y que los politiqueros capturen los cargos de elección popular.
El sistema burgués de democracia representativa, no es más que una falacia que cada 4 años vende el espejismo de que por la vía electoral, se pueden lograr los cambios estructurales que exige nuestro país. Entre “comillas”, cualquiera que desee se puede candidatizar para obtener el favor popular y así llevar a cabo sus planes de Gobierno; sin embargo, la batalla electoral es completamente desigual y con el favorecimiento irrestricto de los medios de comunicación y las captadas entidades de “control”, como la Procuraduría, la Registraduría, CNE, Contraloría, entre otros, todos enfilados a defender y favorecer el caballo de Troya, elegido por el Tío Sam y ungido por el régimen para sostener el statu quo.
La democracia representativa es una falacia, sus representantes elegidos por voto popular, una vez instalados en el Congreso se dedican a defender los intereses del régimen de la minoría dominante. La Rama Legislativa nunca ha sido la encargada de hacer leyes que armonicen la sociedad y le den una mejor calidad de vida a todos los colombianos, por el contrario, es un espacio totalmente corroído por la corrupción.
Los Congresistas sin importar el tinte político, representan intereses oligopólicos y en función de estos orientan sus esfuerzos legislativos; como ha ocurrido recurrentemente en el último periodo (2022-2026), en que los supuestos representantes del pueblo, todo el tiempo se opusieron a las Reformas propuestas del gobierno progresista, que aunque no transformaban el modelo económico, si permitían pequeños beneficios a la ciudadanía y a la clase trabajadora, pero como afectaban los intereses de sus amos los grandes empresarios, los representantes legislativos serviles al régimen, se las arreglaron para tumbar dichas Reformas, negándole a Los Nadie proseguir con los cambios sociales y políticos, que permiten construir una sociedad democrática y más equitativa.
La historia nos da muestras irrefutables de que el capitalismo nos impone una lucha de clases, haciendo inaplazable la unidad popular y la lucha decidida por un cambio estructural y definitivo del sistema imperante; además, no podemos olvidar que el padre Camilo Torres, afirmó que, “la unión de la clase popular es vital para restablecer el orden social y permitir que los que tienen hambre y sin oportunidades laborales, los excluidos y quienes no tienen acceso a la tierra, entre otros, logren cambiar sus condiciones y tengan una vida digna”.
Las transformaciones estructurales que exigió el Estallido Social de 2021 no se pueden dejar a la deriva, son mandatos populares que deben cumplirse con o sin apoyo de los Gobiernos; es evidente que este y cualquier Gobierno que tenga una ruptura radical con el régimen y el Tío Sam, es incapaz de defender el interés popular y solo paliará algunos estragos del neoliberalismo, para seguir sosteniendo el statu quo.
Tras dejar atrás la contienda electoral, hoy más que nunca se hace relevante la máxima que, ‘solo el pueblo salva el pueblo’, ningún mesías nos va a salvar y la oligarquía no le regala absolutamente nada al pueblo explotado, por ende, el cambio no puede ser una retórica o un slogan, debe ser tangible y estructural, y como ello significa ir en contra de las disposiciones del Tío Sam, este, por incipiente que sea, no vendrá de manos ningún Gobierno que este subordinado al Tío Sam y solo la vigilancia popular puede exigir que sus dirigentes trabajen en procura de los interés del pueblo.
La unidad popular y la lucha determinada de los excluidos debe cualificarse y proseguir, porque es la única de lograr transformaciones estructurales, solo de manos de la lucha popular vendrán los cambios y las transformaciones de fondo, que durante décadas le han sido negadas a Los Nadie.