LA OLLA QUE MATÓ A MIGUEL URIBE

LA OLLA QUE MATÓ A MIGUEL URIBE

Andrés Galvis

‘¡Fue el man de la Olla!’ [1]. Gritaba Juan Sebastián Rodríguez Casallas, unos minutos después de haber disparado contra Miguel Uribe y de haber tratado de escapar infructuosamente.

La imagen que circuló en medios y redes sociales despertó inmediatamente la suspicacia de todos aquellos, que conocemos la realidad de nuestro país, pues mientras que en la confusión del momento, el joven trataba de dar pista de las personas que lo habían enviado a esa misión sin escapatoria, las autoridades uniformadas y de civil, lo golpeaban en diferentes partes de su cuerpo, pero con una sola intención: que ‘cerrara la boca’.

Dos violencias y un sistema

La ironía de la vida se presentó el 7 de junio con crueldad. Mientras Miguel Uribe agitaba la consigna de la legalización del porte de armas, para la llamada “gente de bien”, un joven sicario desenfundaba su arma y lo impactaba con proyectiles, que le quitarían la vida a este cachorro seguidor incondicional del ex presidente Uribe, el 11 de agosto de 2025. La situación se resume a la perfección mediante el adagio popular, de ‘ser víctimas de su propio invento’, que para este caso, se convierte en víctimas de sus propias Ollas.

Tal como lo señaló en una de sus columnas el Comandante Antonio García, al parecer Miguel Uribe Londoño, papá del asesinado, por «sus vínculos y acciones, non sanctas, con o contra algunos esmeralderos, terminó colocando en grave riesgo a su hijo». Con esto la ruta se activó, empleando bandas paramilitares con el disfraz de disidencias, en asocio con bandas criminales, que operan en las ciudades en coordinación con los miembros de las Fuerzas Armadas estatales.

El joven sicario fue reclutado en una Olla de la localidad de Engativá, ubicada al noroccidente de Bogotá, en un contexto que es muy frecuente en las ciudades colombianas, donde el caso de Juan Sebastián es paradigmático: huérfano de madre, abandonado por un padre que buscó su suerte como mercenario en Ucrania, fue adoptado por una estructura criminal que le ofreció dinero, le dio un arma y una orden.

El padre mercenario de seguro no viajó hasta Polonia, tratando de llegar a Ucrania para participar del bando ruso, sino por el contrario para vincularse al ejército ucraniano, que en esa parte del mundo trata de apuntalar los intereses del imperio occidental, estableciendo así una relación de violencia con su hijo sicario, que no es causal, ni operativa, sino estructural, ambos son expresión de un mismo patrón. Por un lado el mercenarismo como exportación de fuerza de trabajo militar desde la periferia (Colombia), hacia los conflictos globales (Ucrania), y el sicariato infantil, en el que pulula el reclutamiento de menores empobrecidos y excluidos, para ejecutar violencia en el mercado criminal doméstico. En ambos casos, la violencia se externaliza en cuerpos que se convierten en desechables provenientes de territorios periféricos, donde las élites dominantes han cultivado bandas y economías criminales, como reguladoras de la vida social.

‘La Policía es la Olla nacional’

Es una realidad inocultable, que el reclutamiento del sicario en la Olla no fue casual, el microtráfico opera como método de control social en las ciudades colombianas, captando a menores empobrecidos para instrumentalizarlos como sicarios. En los barrios populares el microtráfico ha dejado de ser solamente una problemática social, para convertirse en un mecanismo de dominación territorial, instrumentalizada por las elites a su conveniencia.

En las Ollas capturan a la juventud, por ejemplo para el caso de Bogotá, según lo reconoce la propia Secretaría de Seguridad, con más de 600 puntos de venta de estupefacientes, funcionan como nodos que reclutan jóvenes empobrecidos ofreciéndoles ingresos rápidos a cambio de lealtad y servidumbre. Adicionalmente regulan la vida cotidiana, las bandas imponen horarios, normas de comportamiento y tributos en los territorios que controlan, y quienes desafían estas normas se convierten en blancos de ataque.

Por esta vía además logran una externalización de la violencia: el sicariato por encargo permite a las estructuras criminales ejecutar ajustes de cuentas sin exponer a sus elementos, ni exponer los vínculos directos con miembros de la Fuerzas Armadas, quienes facilitan, regulan y orientan la actividad criminal de estas bandas. Bien lo dice la cultura popular: «cada CAI tiene su Olla y los uniformados de la Ponal son la Olla Nacional» [2].

Las Ollas decapitan el liderazgo social

El microtráfico se estructura inicialmente como una especie de economía de subsistencia, pero trasciende rápidamente a convertirse en una modalidad de control paramilitar: para miles de jóvenes en barrios populares, el microtráfico aparece como oportunidad laboral en medio de la necesidad, pero pronto se convierte en un ciclo de captura, adicción y servidumbre. Así, las redes criminales aprovechan la falta de oportunidades para reclutar menores y jóvenes, que terminan atrapados en una esclavitud moderna.

Las disputas entre bandas derivan en una fragmentación territorial, que reproduce en las ciudades los esquemas de control paramilitar de las áreas rurales. Líderes comunales, jóvenes y ciudadanos comunes o cualquiera que quiera ‘salirse del rebaño’, queda atrapado en zonas bajo dominio criminal.

Lo que ocurre hoy en las ciudades colombianas, es la urbanización de una lógica de control territorial que el país conoció primero en la Colombia profunda, y que progresivamente se tomó las ciudades intermedias y grandes. Los llamados combos [3] de las ciudades, operan como los paramilitares mediante el control de rentas ilegales, imposición de normas, eliminación de líderes comunitarios, subordinados a los planes de guerra de las Fuerzas Armadas estatales, que persiguen y eliminan a los opositores al régimen, a quienes tipifican como Enemigo Interno.

Nueve meses después, ¡aparece la DEA!

A 10 días de las elecciones legislativas del 8 de marzo de 2026, apareció en las noticias un burdo montaje, en el que desinforman con un titular sobre el desmantelamiento de una fábrica de explosivos, supuestamente perteneciente al Ejército de Liberación Nacional (ELN),  en la localidad de Usme, ubicada al suroriente de Bogotá; en un extremo geográfico contrario al lugar donde fue reclutado el joven sicario, pero un hilo conductor une las dos historias: las Fuerzas Armadas emplean uno de sus 600 puestos de control social denominado Ollas, para orquestar un montaje mediático, con la finalidad acostumbrada, de ‘infundir miedo para vender seguridad’.

El coronel de la Policía Nacional Elver Alfonso Sanabria, Director de la Dijin y antiguo miembro del Gaula [4], explicó en rueda de prensa, que en el operativo de desmantelamiento de la supuesta fábrica de explosivos, la información de inteligencia la facilitó la agencia antidrogas de Estados Unidos, más conocida como la DEA… o sea, 9 meses después, ocurre un verdadero ‘parto de los montes”, con la aparición en público, de quienes manejan los hilos de la guerra desde lugares sombríos. Entonces, hay que preguntarse, ¿qué ganancia buscaban los gringos con este Falso Positivo?

Lo que se sabe en Bogotá, es que en la localidad de Usme delinque la banda de Zambrano, que se hace pasar como una disidencia de las ex Farc; además, en Usme todos conocen que el taller de explosivos, que mostraron en las noticias del coronel Sanabria y la DEA, pertenece a Zambrano.

Los actores del reparto van dejando de estar encubiertos: DEA, Policía Nacional, bandas camufladas de disidencias, Ollas y combos de los barrios populares, jóvenes empobrecidos y excluidos convertidos en sicarios. Este es el modelo de control social que sostiene al régimen dominante y desde donde perpetran crímenes, como el de Miguel Uribe. No sobra preguntarle a la DEA, ¿qué conoce de este asesinato político?, y ¿qué propósito perseguían los que perpetraron este crimen?

Moraleja

Así mataron, a uno de los cachorros preferidos del ex presidente Uribe, víctima del modelo de control social y militar, creado por las clases dominantes, para mantener el statu quo. Tal como lo relata en la canción el borracho, que dobló por el callejón: ¡la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida!

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[1] Olla: sitio desde donde una banda expende estupefacientes en los barrios populares de las ciudades.

[2] CAI: Centro de Atención Inmediata, pequeño cuartel de policía encargado de controlar un cuadrante, en una ciudad. PONAL: Policía Nacional.

[3] Combo: pandilla urbana que atemoriza un sector de un barrio popular.

[4] GAULA: grupo de la policía encargado de combatir la extorsión y el secuestro, pero que se han transformado en los jefes de la mayor parte de los negocios criminales en las ciudades.

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