LUCHA POPULAR… POR LA DIGNIDAD
Damaris Izaguirre
Es indispensable que nuestro país requiere un cambio de modelo político y económico, que elimine la desigualdad estructural, un proyecto político–económico cuyos preceptos básicos sean dignidad, trabajo y tierra.
Una transformación de esta naturaleza obliga a romper con el orden burgués establecido, trae al debate la vigencia de la lucha de clases y la necesidad imperante de continuar construyendo un Gobierno popular, donde la prioridad sean Los Nadie y la Colombia profunda.
La desigualdad y la pobreza estructural que han padecido miles de colombianos y regiones de la Colombia profunda durante décadas, y que siguen sin ser resueltas, dieron origen al conflicto político-social y armado que padece Colombia y que sufre con rigor la Colombia profunda; conflicto que fue originado por el hambre, la miseria y la desigualdad.
Gran parte de los políticos incluyendo a los expresidentes Uribe y Petro niegan la existencia del Conflicto Interno, y lo trivializan llamándolo falazmente como disputas de poder entre “bandas organizadas”, metiendo todo en el costal que nos entregó el Tío Sam tras el 11-S, el manipulado e intencionado termino de “terrorismo”. Bajo esta etiqueta bautizaron cualquier acto de disonancia y rebeldía popular como “terrorismo”, olvidando que no hay nada que produzca más terror que levantarse con hambre, no tener que comer, no tener como vivir dignamente, entre otros, ¿acaso la pobreza, la miseria y la desigualdad estructural no son terrorismo de los de arriba?
Los disimiles políticos y candidatos a cargos de elección popular, en su mayoría se han dedicado durante los últimos años a relativizar los problemas del país y a construir formulas paliativas, incluso medidas populistas, que logran simpatía y votos pero que no están ni de cerca en capacidad de resolver los problemas de fondo del país.
En otras palabras, la mayoría de los políticos olvidaron convenientemente o nunca les ha importado los problemas estructurales del país; por eso no se refieren al modelo capitalista y a sus implicaciones socioeconómicas, las que son la génesis de los problemas del país: un modelo que concentra la riqueza y la tierra en unas pocas manos, a la par que aumenta la pobreza y la desigualdad, para así mantener los privilegios de la clase dominante y el statu quo.
La movilización social y popular que convulsionó al país en 2021, durante más de dos meses -el historíco Estallido Social-, es resultado de un contexto socioeconómico que ha no podido ser subsanado y que mientras esto no ocurra, de nada sirve tratar los síntomas sin abordar la causa, que no es otra que el modelo económico.
Los hechos hablan por sí solos, son irrefutables y dejan en evidencia que no basta con instaurar un Gobierno de corte progresista, ni mucho menos imponer un Gobierno de ultraderecha que se centre en la protección de los intereses de la plutocracia y el régimen.
Lograr las transformaciones de fondo que Colombia exige, implica romper radicalmente con el régimen y desconocer las órdenes del Tío Sam. En este contexto salta la vigencia de los postulados del padre Camilo Torres, la unión de la clase popular para restablecer el orden social y permitir que los que tienen hambre, los que carecen de oportunidades laborales, los excluidos y quienes no tienen acceso a la tierra, entre otros, logren cambiar sus condiciones y tengan una vida digna; esto no solo es vigente, sino que concuerda con las transformaciones estructurales que exigió el Estallido Social y que no se pueden dejar a la deriva, son mandatos populares que deben cumplirse con o sin apoyo de cualquier gobierno, sin importar su tinte político.
El cambio no puede quedarse en dar solo una sensación de bienestar, por ende, el cambio no puede ser retórico, debe ser tangible y estructural, lo que implica ir en contra de las disposiciones del Tío Sam, y esto solo se puede dar con la unidad de clase y no vendrá de manos ni de este ni de ningún Gobierno, que este subordinado al Tío Sam; por lo tanto, es vigente la consigna de que ‘solo el pueblo salva al pueblo’, y en manos de este, está alcanzar la unidad de clase y luchar de manera diáfana y decidida por lograr un país, donde quepamos todos, en paz con justicia y equidad social.