SER HUMANO PARA SER PUEBLO. CAMILO: TRANSFORMACIÓN Y LIBERACIÓN

SER HUMANO PARA SER PUEBLO. CAMILO: TRANSFORMACIÓN Y LIBERACIÓN

María Nuna Guevara

Un hombre, un cuerpo, una sola memoria. Dos nombres: Jorge Camilo, nacido en 1929. Así quedó inscrito como estudiante en un colegio de la élite bogotana, luego en un seminario para la formación religiosa y en una licencia como cura en 1954.

Además de ambos nombres, aparecían sus dos apellidos, Torres Restrepo, en una cédula y en un pasaporte, con el que llegó a Bélgica en 1955, a una afamada universidad, Lovaina, para hacerse sociólogo en 1958.

A la luz de conceptos y enfoques dominantes de hoy, tanto de posiciones políticas como de perspectivas reduccionistas en la psicología, caracterizados por hacer a un lado la lucha de clases, las relaciones imperiales, los conflictos políticos y no tomar en cuenta en ellos la profundidad y complejidad de dinámicas de resistencia histórica, que se encarnan en seres concretos, aquel niño y joven, Camilo Torres Restrepo, sería, en abstracto, una persona que con derechos generales y dispensas particulares por su status, emprendió un recorrido parabólico, no por pasar de la cuna familiar y sus condiciones posteriores de ciudadano revestido de privilegios materiales -en la cuasi democracia colombiana-, a ser sacerdote, sino por haber hecho con su libertad, voluntad y conciencia, según unos, una elección final controversial, como algunos lo sentencian, en un afán de propaganda, hoy día para intentar vilipendiar a las fuerzas rebeldes e insurgentes que los desquician.

Biógrafos de sobra

Se reforzaría -se hace así por muchos comentaristas- una biografía apacible y maleable, ya conocida, de la que unos quieren tirar para su correspondiente lado, afirmándolo de manera incompleta o sesgada, desgajándolo, haciendo de su imagen un botín, un medio de proselitismo contrainsurgente, adhiriendo a tal o cual faceta, por supuesto más a su vida civil, resaltando lo que quieren de la trayectoria que piensan fue lineal con etapas clausuradas: que se hizo cura, luego sociólogo, luego académico, luego dirigente y que equivocadamente dejó su vida promisoria, haciéndose luego comandante guerrillero de un grupo presentado como degradado, según calificativos de Trump y Petro.

Sin duda, Camilo no dejó nunca de ser cada uno de esos rostros y vivió no únicamente en un plano, lo que sería una evolución no normal, sino excepcional de su razonamiento y discernimiento ético, confrontando la verdad oficial entre formalismos, destacando con sus preguntas, hallando él mismo gran parte de las respuestas, sencillas, elementales, diáfanas, y no obstante profundas y profanas, que por sus capacidades y circunstancias elegidas escaló como compromisos de vida, no de postureo o presunción.

Incomprendido en un entorno de relaciones marcadas por el policlasismo y el férreo control de instituciones conservadoras, entre ellas la Iglesia católica, en una Colombia dependiente, sometida, de anclajes señoriales, territorio de intensas luchas sociales y de venias y lisonjas a los gringos, los amos de entonces y de ahora, de violencia endémica de los de arriba e impunidad; aquel religioso indócil y al tiempo respetuoso con todos los demás, plantó con criterio propio y con humildad el examen de la realidad, para cultivar decisiones de repulsa y transformación, que no se quedaron solamente como un momento de inconformidad.

La intersección de las rebeldías de los años sesenta

Fue, ese mismo Camilo, y no otro, en un plano todavía superior al del común de los inconformes, quien produjo otro tipo de evolución ya irreversible, de avance en la propia cultura de la rebelión universal, que trasciende la agitación de unos reformistas en unas coyunturas y también unas fronteras y unos cánones partidistas. No era transitoriedad ni pose. No era el grito ególatra, y fantoche de un personaje con ademanes de salvapatrias e histrionismo, buscando hacerse un lugar dentro de la clase política, con nuevas consignas para ejercer manipulación en función de su grupo y delirios, que un día vocifera contra Washington y al siguiente le adula. Nadie puede achacarle hipocresía, operaciones de perfidia o de victimizarse. Nada de fraude o corrupción se le puede referir a Camilo.

Fue él en su hacer un medio consciente, de lo que no acontece siempre: un proceso de identificación histórica, política y en su caso ética, desde una visión cristiana en diálogo con otros pensamientos críticos, con las bregas de los pobres de la tierra, proceso en el que no concibió que fuera posible la reconciliación o la traición, sino la construcción de emancipaciones abiertas.

En él se condensaron con el paso de los años otros itinerarios, no individuales o de familias de los círculos del poder cuyo ambiente advirtió, sino de amplios sectores populares que él supo ver, reconocer, interpretar, sacudir, fusionar y articular; travesías de otros seres humanos negados en masa, que lo hicieron a él mejor ser humano, sin aspavientos o máculas, cualificado moralmente por su permanencia en un despertar de la dignidad de sí y con otros, por sus continuas cavilaciones, renuncias y marchas, por sus claras definiciones; receptáculo viviente y no figuración, de colectivos impregnados de esperanza en una batalla desigual, contra la subordinación, antorchas silenciosas hacia nuevas subversiones sin caminos predeterminados. Se compenetró con ellos, en barrios populares, en las regiones que estudió y por donde transitó, en múltiples espacios de trabajo comunitario.

Así, un ser humano con valores que desde una comprensión filosófica alternativa, llamamos inseparablemente Senti-pensante, miró más allá de sí y de los recintos de reverencia para el favor a los ricos. Por fuera de la inmediatez y de los intereses dictados por su pertenencia a unos estamentos, escapó de éstos desde temprano; salió de la comodidad, se opuso a ésta como compensación por silencios, buscó las voces de la calle, de la universidad erguida, los clamores desde los lodazales de un país ensangrentado que acababa de vivir una masacre extendida, que encumbró a los homicidas.

Fue Camilo en pos de la simiente de una ‘opción preferencial por los pobres’, de un sentido de la vida tejido en la práctica de un amor con el prójimo presente, no etéreo sino palpable, que transformara estructuras, no a partir de frías ideologías, sino del testimonio de ruptura.

Comprender el mundo, para transformarlo

Rechazando ser instrumento de otros para la reproducción de esa lógica de subyugación, con la actitud de quien no acepta amenazas, con la palabra de quien no acepta sobornos, con los hechos de quien no se deja amedrentar, con su humildad y resolución, no sólo intelectual sino espiritualmente dispuesto, entendió que además de su fe era necesario acudir a las ciencias, a los estudios sociales, a paradigmas y análisis que develaran y no enmascararan los mecanismos de explotación, para abordar otras realidades con elementos sensatos y objetivos, no sólo con sentimientos o reacciones, y que esas ciencias sociales no bastaban, como no bastaban las fórmulas del derecho establecido; que no era cuestión de teoría sino de desarrollar nuevos movimientos políticos coherentes y estratégicos, en el seno mismo de esa ruptura a fondo.

Ya lo había no sólo experimentado en su cerebro en Europa, al estar allí y comprobarlo como sociólogo y sacerdote, sino en su piel misma atravesada por la observación e implicación en la solidaridad que podía desplegar y a la que aportó su respaldo moral, con la guerrilla argelina del Frente de Liberación, en un ciclo mundial de luchas armadas por la descolonización y por la democracia popular.

En su regreso a Colombia, en los años de su agudeza y de la agudización de las contradicciones, no se apartó de las impugnaciones a las estructuras de dominio y exclusión, sino que las señaló ejerciendo debates, asumiendo paulatinas y radicales opciones en un verdadero campo de combate contra el imperialismo y las oligarquías.

Su resplandor llega hasta nuestros días

Esto, que es mención simple de un ser humano, una semblanza, resulta elemental hacerlo sin distorsiones. Es fundamental recordarlo en el momento que vivimos, cuando en diferentes dimensiones nos hallamos ante diversas expresiones, sutiles unas, brutales otras, de lo que conocemos como guerra cognitiva y cultural, la cual cuenta con múltiples operadores. Desde gobernantes narcisistas hasta periodistas y por supuesto opinantes pagados para denigrar. En esa guerra que es híbrida, que combina también lo militar y métodos de terrorismo de Estado, que apunta a los corazones y mentes de los que sufren segregación y son conducidos como votantes cada cuatro años, los primeros corazones y las primeras mentes que se descomponen, los primeros resortes cognitivos y emocionales que se pudren, son los de esos operadores que creen en su pírrica victoria negando la condición humana y social de las mayorías y las necesidades de avanzar hacia un orden social poscapitalista.

Secuestran una sotana, utilizan el rapto y luego la aparición de unos restos. Como en el pasado, cuando unos huesos fueron bañados en formol, ‘como si alguien hubiera tenido la intención de hacer desaparecer su identidad’, dice un diario español, hoy otros quieren diluir esa identidad inventando relatos, describiendo y especulando sobre un Camilo arrepentido de la lucha armada. Ésta no era un fetiche ni un fin en sí mismo. No lo es. Camilo tomó las armas y proclamó esa acción dilucidando el por qué, en concordancia con un pensamiento no espontáneo y llano, sino creciente y arduo, desarrollado desde el alma y la razón.

Hoy desde un campamento guerrillero, cuando contamos los muertos y heridos tras la decisión de Petro para complacer a su capitán Trump, al ordenar bombardear un 3 de febrero a unidades del ELN, en la misma región donde horas antes habíamos recibido a un delegado operador del régimen y a representantes de la comunidad internacional; recordamos que otro 3 de febrero, un domingo, de aquel 1929, nació Camilo en Bogotá, un hombre que regaló su sonrisa a su pueblo, sus sueños, su vida entera. Cumple o cumpliría 97 años. ¡Honor y gloria a seis décadas de su caída en combate por la liberación!

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