Y ENCONTRARON A CAMILO
Comandante Nicolás Rodríguez Bautista
Ha sido una conducta reiterada de la clase gobernante en el país, desaparecer los cadáveres de los guerrilleros caídos en combate; en la década de los años 60 del siglo anterior, era una práctica recurrente, que normalizaron en Colombia.
Tal costumbre la heredaron de la llamada Violencia Partidista (1946-1957), que se agudizó a partir del 48, cuando los gringos y la oligarquía mandaron a asesinar al dirigente popular Jorge Eliécer Gaitán, que desembocó en la llamada Violencia Partidista.
Fue en el gobierno de J. M. Santos (2010-2018), que la ley obliga a entregar los cadáveres de los guerrilleros muertos en combate. Los que cayeron antes de esta fecha, hacen parte de los desaparecidos por el Estado.
Pero no solamente esta conducta criminal se aplicaba a los guerrilleros, también a pobladores que las Fuerzas Armadas (FFAA), consideraba apoyo de las guerrillas. Estos eran capturados por las patrullas militares, torturados y muchos de ellos asesinados, manipulados sus cadáveres y presentados como guerrilleros muertos en combate. Es lo que luego llamaron Falsos Positivos. Así las cosas, los denominados Falsos Positivos, se remontan atrás, hasta 7 u 8 décadas de violencia en Colombia.
¿Qué es el conflicto colombiano?
El Ejército de Liberación nacional (ELN) y muchos otros, afirmamos que el conflicto en Colombia es social, político y armado.
Social, porque existe en zonas rurales y urbanas, que son la mayoría de la población y del territorio y su realidad repercute al conjunto de la sociedad. Allí la pobreza, la miseria y el abandono del Estado, hace patética la desigualdad entre riqueza y pobreza.
Es en dichos territorios donde aparecieron las estructuras armadas, que se levantaron en armas reivindicando la rebeldía como un derecho, ante la negación del Estado para alcanzar las realizaciones sociales por caminos democráticos, por ello alcanza su carácter político y armado.
Debido a la historia de violencia que se remonta a los tiempos de la Conquista, en esas zonas la autoridad del Estado ha sido reemplazada por estructuras o individuos.
El Estado colombiano ha gobernado con mano violenta tales realidades, al tiempo que de ellas se beneficia, allí está la reserva de mano de obra barata a su servicio, por salarios de hambre y negación de sus derechos.
La población de tales territorios no recibe los beneficios de la renta, que sí les cobra el Estado, ni las obligaciones o servicios que este tiene con dicha población.
Los niveles alcanzados en la superación de la realidad anterior, han sido por las luchas populares o por la influencia de ellas en otros países, que han ido obligando al Estado a aceptar, no sin tenaz resistencia, algunos derechos o reivindicaciones.
Retomar al Nobel García Márquez, a José Eustasio Rivera, a Indalecio Liévano en su libro ‘Los Grandes Conflictos Socio-económicos de nuestra Historia’, a Gaitán o a Camilo y los demás intelectuales, que escribieron el libro ‘La violencia el Colombia’, confirma de manera cruda tal realidad.
Camilo el sacerdote, el líder popular, el guerrillero
Es en este contexto, donde aparece la figura de Camilo Torres desde su sacerdocio, asumiendo el evangelio como base y motivación al servicio de los intereses populares, de la espiritualidad de los creyentes y asumiendo un compromiso de fe, responsabilidad y convicciones, al que definió como Amor Eficaz.
Consecuente de sus convicciones, movido por ese Amor Eficaz y consciente como sociólogo de la realidad social colombiana, Camilo se convierte en destacado líder popular.
Perseguido y amenazada su vida, se levanta en armas y se lo dice al pueblo en la Proclama del 7 de enero de 1966, 41 días antes de su caída en combate.
Desaparecen su cadáver
Aquel 15 de febrero de 1966 cuando Camilo muere en combate, la reacción lógica del Estado y sus FFAA, fue desaparecerlo, junto a cinco guerrilleros que murieron a su lado.
Pero, Camilo no era solamente un guerrillero de los tantos anónimos, muertos y desaparecidos, era el dirigente popular amado por su pueblo, que se hizo su líder, su sacerdote y el símbolo guerrillero, que se jugaba la vida por ser consecuente con sus convicciones, era el que en las plazas públicas de las ciudades colombianas, llamaba al pueblo a la revolución, a levantarse en armas y prepararse para una lucha larga contra la oligarquía, que no había de entregar el poder de manera pacífica.
El cadáver de ese carismático hombre fue el que desaparecieron sin vacilaciones.
No hay duda que en aquella realidad social convulsionada de lucha y agitación de masas, la tumba de Camilo se iba a convertir en un lugar de peregrinación de sus fieles, de visita de sus seguidores y de los revolucionarios.
Pero es necesario dejar claro que, esto último era lo particular y lo de fondo, era la práctica perversa del Estado, de la desaparición forzada de sus oponentes.
Su búsqueda, localización e identificación, fue una paciente labor de 60 Años. Desde cuando Camilo muere y lo desaparecen, comienza su búsqueda; en ella participaron miles de personas del más variado carácter social y político, de Colombia y otros confines del planeta.
Isabelita su madre, murió en el empeño de hallarlo para darle cristiana sepultura.
No es creíble que el coronel Álvaro Valencia Tovar, haya tenido el poder para esconder su cadáver, él como la oficialidad colombiana, practican la Obediencia Debida a la clase política, que ha definido los destinos de Colombia.
El Estado en su perversa conducta de desaparición forzada, cambió de lugar los restos de Camilo, para asegurarse su desaparición.
Pero la fuerza de la razón y la justicia, encarnada en todas y todos aquellos que lucharon porque apareciera, terminó por ganarle la pelea a la conducta perversa del Estado y esa conducta valerosa, digna y paciente, merece un alto reconocimiento, de admiración y respeto.
Hoy el país y el mundo saben donde reposa el cuerpo de Camilo Torres, sacerdote, dirigente popular y guerrillero revolucionario.
Camilo es un símbolo del pueblo y como tal desde su tumba y desde su gloria seguirá batallando con su obra y su pensamiento, para unir a la clase popular por la que ofrendó su vida.