EL MODELO DEJA LA JUVENTUD SIN FUTURO
Claudia Julieta Parra
El modelo económico imperante ahonda la desigualdad y acrecienta la pérdida de poder adquisitivo, lo que lleva a que muchos jóvenes no tengan acceso a educación de calidad, lo que limita su acceso a empleo asalariado, incrementando considerablemente la población de jóvenes que ni estudian ni trabajan (NINI).
La falta de empleo sumada a los altos costos de los alimentos básicos y los servicios esenciales, lleva a que miles de desempleados recurran al trabajo informal como única opción de ingreso, generando una burbuja laboral especulativa y depreciativa en términos de poder adquisitivo, es decir, el trabajo informal hace que disminuyan la cifras de desempleo, pero los ingresos per cápita recibidos por esta actividad son inferiores a los requeridos para cubrir las necesidades básicas de una persona y mucho menos de un núcleo familiar, lo que ocasiona una caísa drástica del consumo que contrae el comercio y genera un desplome de la demanda.
La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) publicó en su último Informe sobre los jóvenes que ni estudian ni trabajan (NINI), que en los países miembros de la OCDE la media de desempleo es de 14,7 por ciento, mientras en nuestro país la población NINI oscila en 25,3 por ciento; por su parte el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), sostiene que existen 2,74 millones de NINI’s lo que equivale al 24,3 por ciento.
El sector juvenil que actualmente labora está distribuido en 5 principales ramas: comercio y reparación de vehículos con 18,8 por ciento, agricultura, ganadería, caza, silvicultura y pesca con 14,4 por ciento, industrias manufactureras con 10,6 por ciento, administración pública, defensa, educación y atención de la salud humana con 9,4 por ciento y, alojamiento y servicios de comida con 8,7 por ciento.
El principal obstáculo que afrontan los jóvenes es que en el país no existe un sistema educativo solido e integral, que les permita acceder a educación media y profesional de calidad y gratuita; a esto se suma que la desigualdad social y el hambre generalizada en buena parte de la población fomentan la deserción escolar.
Según cifras oficiales de cada 100 estudiantes solo 44 logran graduarse de bachillerato y de cada 100 graduados de bachillerato solo 39 logran acceder a educación superior, y en la educación terciaria la deserción en la formación profesional es del 46 por ciento y en la formación técnica y tecnológica es del 54,7 por ciento.
En términos de oferta laboral el mercado es una paradoja que afecta principalmente a la población vulnerable, los requisitos exigidos por las empresas no suelen ser acordes con el contexto en el que se desenvuelve la población juvenil, una de las principales taras en la experiencia laboral, que termina marginando a la población juvenil y dejándoles como única opción el ‘rebusque’. La otra gran barrera es la exigencia de estudios de posgrado en una sociedad donde difícilmente un grupo reducido logra culminar los estudios profesionales, técnicos o tecnológicos.
La transformación de la sociedad, mejorar la productividad del país y elevar el poder adquisitivo, tiene implícito una política económica que fomente la inversión en educación y el desarrollo humano y técnico de la producción nacional; desde luego esto solo es viable si hay una transformación estructuralmente los modelos económico y educativo.