AQUEL 15 DE FEBRERO ERA MARTES

AQUEL 15 DE FEBRERO ERA MARTES

Comandante Nicolás Rodríguez Bautista

Nosotros nos emboscamos desde el 6 en la mañana, porque desde entonces esperábamos que retornara a la Base Militar de El centenario, la patrulla que recorría las selvas de un pedazo de la cordillera Oriental, llamada el Cerro de los Andes, donde un año y medio antes nos habíamos alzado en armas y entrenábamos allí, al tiempo que fortalecimos una base de apoyo muy importante, en estrecha relación con los compañeros petroleros de Barranca, estudiantes de Bucaramanga y el apoyo de pobladores de sus barriadas.

Esos 8 días anteriores a la emboscada fueron muy duros, porque por seguridad los comestibles fueron mínimos, el agua escasa y dormíamos en el suelo, sobre las hojarascas tostadas por el verano de ese comienzo de año, sin más cobijo que la vestimenta normal.

Todos los días esperábamos el paso de la patrulla, pero nada…

El aviso del paso de la patrulla lo advertía el viejo Pablo Calderón, un aguerrido miliciano que se escondía en el rastrojo todos los días al amanecer, a 35 minutos antes de la emboscada, a 100 metros de la casa de la finca La Loma, propiedad de nuestro gran amigo y compañero Luis Fernando Parada.

Así que Pablo también sufría esa espera, para él más dura, porque estaba solo cumpliendo su labor.

La espera

Por fin el 14 de febrero a eso de las 5 de la tarde, la patrulla acampó en la casa de la finca y Pablo los observó hasta cuando organizaron sus dormitorios y logró percibir importantes detalles, que a las 8 de la noche le informó a la comandancia.

Toda la guerrilla del Frente José Antonio Galán estaba allí emboscada. Cerca de 30 compañeros. Para nombrar solo los más destacados estaban:

Camilo Torres -Argemiro-

Fabio Vásquez -Carlos-

Manuel Vásquez -Germán-

Víctor Medina Morón -Andres-

Hermidas Ruíz, médico, filósofo y miembro del Frente Unido -David-

Julio Cesar Cortes, médico, militante del Frente Unido -Rogelio-

Manuel Bernardo Osorio, locutor -Joaquín-

Mas 20 compañeros de extracción campesina, incluidos casi todos los marchantes del 4 de julio.

En aquella noche de luna llena del 8 de febrero, la comandancia allí junto a nosotros, nos informaron la presencia de la patrulla en la finca La loma.

Todos saltamos de alegría y fortalecimos la moral de combate, no obstante, el agotamiento físico, y la impaciencia que hace poner espesa la saliva y ver correr el tiempo a menos velocidad, que en tiempos de normalidad.

Aquella noche los que durmieron fueron muy pocos, nadie quería perder ese venidero momento, que percibíamos de rotundo éxito, rubricado con recuperación de armamento, bajas enemigas, nosotros intactos, sin bajas y retirarnos de la emboscada con el triunfo entre las manos, porque combatiríamos con la ventaja de la sorpresa y aun cuando nuestro armamento era de una asimetría total, le atribuíamos a la sorpresa la contundencia definitiva.

Ninguno de los guerrilleros listos para el combate teníamos experiencia militar en el combate, pues la única experiencia era la de Simacota, donde solo tres de los emboscados allí habían combatido con los refuerzos que llegaron a Simacota.

Quienes han criticado que llevamos a Camilo al combate sin experiencia, hay que decirles que experiencia combativa no tenía nadie allí, aun cuando si es verdad que casi todos excepto Camilo y Julio Cesar Cortes, teníamos año y medio de ser guerrilleros.

Un día de sol brillante

El 15 en lugar de emboscarnos a las 6 como los días anteriores, nos emboscamos a las 5 am y desde las 4, el viejo Pablo Calderón tomó de prisa el camino que lo llevaría a su lugar, donde observaría la tropa enemiga, cuando se alistara para tomar el único camino de regreso a la Base Militar, cayendo una hora antes en nuestra emboscada.

Nuestra emboscada estaba en una de las márgenes del Río Sucio y el camino por donde caminaba la patrulla, paralelo al río.

Varios años antes en el lugar de la emboscada, el Instituto Agustín Codazi montó allí sus catalejos y teodolitos, para hacer mediciones topográficas y para ello hicieron una pequeña plancha de cemento, para colocar a nivel dichos equipos. Por ello, ese lugar fue bautizado por los pobladores, como Patio Cemento, en plena selva para el momento de la emboscada.

Mientras el sol mañanero de aquel fatídico 15 de febrero se anunciaba brillante y sin que las nubes opacaran sus rayos, nosotros ya estábamos tendidos sobre la tierra seca.

La hojarasca tostada por el verano, que cubría el suelo de nuestros puestos de combate, estaba cuidadosamente amontonada a sus alrededores, para que nuestros movimientos pudieran hacerse en silencio, en la maniobra del combate.

Cuando las agujas de los relojes anunciaban que pronto serían las 9 de la mañana, un campesino pasó de prisa, por donde minutos después lo haría la patrulla.

El plan

La fuerza nuestra de menos de una treintena de combatientes inexpertos, se había dispuesto para que cada tres o cuatro guerrilleros, a 10 o 15 metros del camino, le dispararan a un soldado.

Se calculaba que al área de la emboscada entrarían 5 o 6 soldados, y ese sería el armamento que recuperaríamos. Algunos compañeros más optimistas calculaban que podríamos recuperar una FA, un fusil ametrallador, que montado con sus patas, listo para disparar pesaba 10 kilos.

Los mandos guerrilleros estaban distribuidos así sobre el terreno:

El comandante Fabio en la cabeza de la emboscada, para abrir fuego con una metralleta Madsen calibre 9 Milímetros y una pistola P38.

A su lado estaba Camilo Torres.

En nuestros cálculos optimistas valorábamos que segundos después de abrir fuego, este sería el lugar más seguro pues el comandante Fabio era hombre de certera puntería y junto a él dos compañeros con escopetas calibre 16, le disparaban al primer soldado.

A unos 20 metros adentrándose en la emboscada, estaba el comandante Manuel Vásquez y Víctor Medina Morón, segundo mando del ELN, cerraba la emboscada, la que finalizaba con 5 compañeros del grupo de contención.

A escasos minutos antes de las 9, el viejo Pablo Calderón pasó casi volando como una gacela por el camino, y le informó al comandante Fabio, que la patrulla enemiga se había puesto en marcha.

Este aviso lo recibimos todos con el tirón de un bejuco, dispuesto a lo largo de la emboscada para dar avisos.

Respirar profundo, afinar puntería cubriendo el área de disparo asignada, mantener la seguridad y alimentarnos espiritualmente de la justeza de nuestra lucha, eran las enseñanzas de nuestro entrenamiento y eso hicimos.

El corazón late fuerte, hay un silencio mudo en la montaña y luego de aquella larga espera, el característico ruido de las pesadas botas militares de cuero color marrón y ojales de aluminio por donde las sujetan los cordones, se fueron escuchando hasta que los militares pasaron frente a nosotros, no de a uno como lo habíamos previsto sino de a dos entrando 12 militares donde calculamos que entraban 6 y este significativo cambio lo complicó todo o casi todo.

El combate

El fuego nutrido encendió la montaña, su ruido ensordecedor lo cubría todo, nuestros gritos de ¡ríndanse!, estaban por debajo del aturdidor fuego de las armas, que envolvía el ambiente y aparecieron las dificultades:

La metra del comandante Fabio se encasquilló luego de su primer disparo y su pistola se cayó al piso sin que lo notara, cuando saltó de su trinchera para ponerse a salvo. Su dedo meñique y la copa de su sombrero fueron blancos del enemigo, sin que fueran problemas graves.

Camilo cuyos sueños de hacerse curtido guerrillero y recuperar un arma en combate, se lanzó al camino, donde un soldado estaba muerto.

Otro soldado vivo y atrincherado le dispara y lo hiere, Fabio se percata y le ordena a Ramiro Plata (Aureliano) ir a auxiliarlo, pero el mismo soldado mata a Aureliano, Camilito un guerrillero de 16 años, se lanza a retirar a Camilo y también muere, por disparos del mismo soldado.

En el centro de la emboscada recuperamos dos fusiles con sus cartucheras y municiones, pero al tiempo muere Manuel Bernardo Osorio y es herido Gonzalo.

La presión enemiga sobre la emboscada superó la resistencia de los nuestros del grupo de contención, muriendo con heroísmo los compañeros Domingo Leal Leal y Alfonso Millán, mientras el personal de la emboscada se levanta en desorden, ante el avance enemigo que copó la emboscada por la espalda.

Cerca del cadáver de Camilo se amontonó el personal bregando a retirar su cadáver, pero los disparos enemigos sobre los compañeros, los hicieron replegarse de manera precipitada.

Y en el centro de la emboscada, con Marcos Vargas herido en un brazo y en un pulmón, de dos disparos enemigos, el médico Hermidas Ruíz (Juvenal) recién incorporado y yo, luchábamos por retirar al herido, sin ser conscientes de la magnitud del peligro.

A la final, pasamos casi milagrosamente por entre los soldados, sin que se percataran de nuestra presencia logrando poner a salvo al herido.

Saliendo del área de la emboscada nos tropezamos con el cadáver de Domingo Leal Leal, destrozado de un balazo hasta que nos logramos poner fuera del peligro.

Calma aparente

Solo el 16 de febrero en la tarde, ya en contacto con pobladores amigos y escuchando las noticias, logramos comprender los resultados adversos de la emboscada y las dolorosas pérdidas de Camilo, Manuel Bernardo Osorio, Domingo Leal Leal, Alfonso Millán, Aureliano plata y Camilito el joven que aún no era mayor de Edad.

Casi dos semanas después, nos reencontramos con los demás compañeros.

Nos abrazamos con alborozo, le entregamos a la comandancia un fusil recuperado en la emboscada, pero todo esto se mezclaba con el dolor de la derrota, que nos aprisionó el corazón.

Luego se ha convertido en compromiso, fidelidad y una fuerza incontenible para seguir adelante, fieles al ejemplo de los caídos.

Hoy cuando sabemos que el cuerpo del comandante en jefe Camilo Torres, fue rescatado de las siniestras fauces del enemigo, que lo escondió sin rubor durante 60 años, le decimos a ese sacerdote del Amor Eficaz, al dirigente popular inigualable, a nuestro comandante en jefe: ¡Hasta siempre comandante!, ¡Hasta siempre!

Ser de verdad Camilistas, es el reto hoy del ELN.

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