DEMANDAR EL SALARIO MÍNIMO VITAL NO DINAMIZA LA ECONOMÍA
Claudia Julieta Parra
Este año el Salario Mínimo (SM) tuvo un incremento del 23 por ciento, que beneficia a menos de un tercio de la población ocupada, pero al aumentar el capital circulante en el mercado, por el gasto derivado gran parte de este incremento, retorna por flujo de demanda.
La población ocupada que esta indexada al salario minino, aún no reciben el aumento real (Aumento – IPC) del 17,7 por ciento, cuando, este ya fue demandado. Por estos días, el Consejo de Estado admitió una demanda, que cuestiona la legalidad del decreto 1469, mediante el cual el Gobierno fijó el salario mínimo para 2026, la demanda pone en tela de juicio la metodología empleada para definir el incremento, y las presuntas implicaciones económicas de este ajuste.
Un incremento salarial como el de este año, podría aumentar la inflación si las empresas le cargan este ajuste al precio final del servicio o el producto, sin embargo, es demasiado pronto aseverar que la inflación se disparará, ya que aun no existen mediciones que respalden o refuten las tesis inflacionarias esgrimidas por los gremios patronales.
Es preciso aclarar que un servicio o producto está dividido en dos partes: utilidades y costos de producción y, este último no está determinado por el Índice de Precios al Consumidor (IPC), sino por el Índice de Precio Productor (IPP).
Por ejemplo, unos zapatos que tienen un precio de venta de 50.000 pesos, y su costo de producción es de 23.000 pesos, dejan al fabricante un margen de utilidad de 27.000 pesos (54 por ciento), en el supuesto que el polémico aumento del SM incremente el precio de producción a 35.000 pesos y dado el incremento estándar del producto (IPC del año anterior – 5,10 por ciento-), el producto tendría un valor de venta de 52.550 pesos, lo que significaría un margen de utilidades de 17.500, en este contexto, es evidente un mesurado decremento del margen de utilidad, pero bajo ningún concepto se estaría produciendo a pérdida.
La demanda al SM deja clara la posición capitalista y neoliberal de los grandes empresarios, que solo velan por sus ganancias oligopólicas, pero que no les interesa en absoluto el bienestar y la mejoría de la capacidad adquisitiva de sus empleados, aun cuando estos a la par son consumidores del mercado y en muchas ocasiones clientes de estas empresas. La estabilidad y dinamización de una economía no está inferida únicamente por la ocupación laboral, sino que en sí misma está determinada por la capacidad de poder adquisitivo per cápita.