SALÓ Y EPSTEIN: LA DECADENCIA DEL IMPERIO OCCIDENTAL

SALÓ Y EPSTEIN: LA DECADENCIA DEL IMPERIO OCCIDENTAL

Anaís Serrano

La película de Pasolini, ‘Saló o los 120 días de Sodoma’ (1975) y los archivos del depravado Epstein, separados por la frontera entre ficción y realidad, proyectan sombras convergentes sobre la naturaleza del poder, la corrupción y la instrumentalización del cuerpo humano.

Aunque uno es una película de vanguardia y el otro un conjunto de documentos judiciales, ambos funcionan como espejos críticos —distorsionados pero reveladores— de dinámicas de dominación, impunidad y deshumanización sistemática, que operan en los niveles más altos en el orden social del capitalismo.

Ambos permiten ver la degradación del sistema y la perversión en la decadencia del imperio occidental, más cuando se sienten acorralados y sus máscaras quedan completamente en evidencia. Los actos, cada vez mas demenciales, saltan de la pantalla a la realidad, ya como aberración sexual, o como actos criminales y genocidas.

Saló: La alegoría del poder totalitario y la mercantilización del cuerpo

Pasolini traslada el Marqués de Sade a la República Social Italiana de Saló (1943-1945), el último bastión fascista. La película estructura su narrativa en un infierno dantesco: el Anteinferno, el Círculo de las Manías, el de la Mierda y el de la Sangre. Cuatro poderosos (un magistrado, un banquero, un aristócrata y un obispo) secuestran a dieciocho jóvenes y los someten a meses de torturas físicas, psicológicas y sexuales, narradas y ritualizadas.

El genio crítico de Pasolini reside en exponer la lógica última del poder fascista (y, por extensión, de cualquier poder absoluto): la reducción de los seres humanos a pura materia biológica, disponible para el placer, el control y la destrucción arbitraria. Los cuerpos de las víctimas son despojados de identidad, convertidos en objetos intercambiables, dentro de una economía sádica regida por leyes perversas pero estrictas. La transgresión sexual es, aquí, menos sobre erotismo y más sobre la demostración de una soberanía absoluta. El poder no solo se ejerce; se performa, se teatraliza en la aniquilación de la libertad y la dignidad. ¡Ah!.. por esta osadía, asesinaron a Pasolini.

Los archivos Epstein: La depravación de este siglo

Los documentos desclasificados del caso Epstein —que incluyen declaraciones, correos electrónicos y registros— pintan un cuadro no alegórico, sino forense, de una red de abuso sistémico. La isla privada Little St. James, las residencias de lujo y los aviones, no son los palacios decadentes de Saló, pero funcionan con una lógica análoga: espacios cerrados, aislados de la ley, donde una élite poderosa opera con impunidad.

Las víctimas, menores en su mayoría, fueron reclutadas, manipuladas y traficadas, sus cuerpos convertidos en mercancía para el consumo de hombres ricos e influyentes. Abuso sexual, asesinatos, aberraciones de todo tipo y traumas físicos y emocionales, son parte de este Saló del siglo XXI.

Lo banal del caso Epstein, adopta la forma de agendas de vuelo, facturas, e-mails fríos y códigos de acceso. El poder no necesita, como en Saló, un discurso ideológico explícito; se sustenta en el capital, las conexiones políticas, un sistema legal eludible y un silencio cómplice comprado o intimidado. La figura de Epstein, como los personajes de Pasolini, actúa como un nodo que conecta el dinero, la política, la academia y la realeza, tejiendo una red de obligaciones y silencios. Un silencio cómplice entre las élites y los poderes fácticos que amenazan, cohesionan y chantajean: El fascismo y el sionismo como una misma moneda.

De 1945 a 2019: puntos de encuentro

La arquitectura de la impunidad: Tanto en Saló como en la operación de Epstein, el abuso es posible gracias a espacios herméticos —físicos y jurídicos— donde la ley normal es suspendida. En Saló, es el estado de excepción fascista; en Epstein, el privilegio extremo que crea burbujas de extraterritorialidad legal. Los cómplices (guardias, criados, reclutadores, abogados) son esenciales para mantener el sistema.

El cuerpo como moneda de cambio: El acto central en ambos casos es la conversión del cuerpo humano, especialmente de los jóvenes, en instrumento. En Saló, es un instrumento para afirmar el poder político y filosófico; en la red de Epstein, es un instrumento de trueque social, una dádiva para cerrar tratos, forjar alianzas y demostrar pertenencia a un club exclusivo. La deshumanización es el requisito previo.

El espectáculo y el secreto: Pasolini filma los horrores con una frontalidad clínica e insoportable, haciendo al espectador cómplice del acto de mirar. Los archivos Epstein, en cambio, detallan los horrores a través del lenguaje seco de la justicia. Pero ambos revelan que el secreto (la isla privada, la mansión aislada) es parte del espectáculo para los iniciados. La posesión de acceso a lo prohibido es un símbolo de estatus supremo.

La corrupción del lenguaje: En Saló, los discursos retorcidos justifican la barbarie con filosofía perversa. En los documentos de Epstein, el lenguaje se corrompe mediante eufemismos («masajes», «servicios»), la opacidad legal y los acuerdos de confidencialidad (NDA). En ambos, el poder distorsiona el lenguaje para ocultar y perpetuar su violencia.

Divergencias

Saló es una obra de arte con una intención alegórica, política y de provocación filosófica e ideológica. Es una metáfora cinematográfica diseñada para criticar el fascismo histórico, el consumismo moderno y la sociedad del espectáculo. Los archivos Epstein son la evidencia de crímenes reales, con víctimas concretas que sufrieron traumas profundos. El primero nos muestra con crudeza artística a una sociedad enferma al terminar la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), el fascismo en franca derrota, el segundo es una demostración concreta del accionar de ese fascismo, ahora con documentos y pruebas reales de la barbarie, exhibidos tras el asesinato de Epstein el 10 de agosto de 2019.

Sin embargo, la potencia de la comparación no está en la equivalencia, sino en la iluminación recíproca. Saló nos da un marco conceptual, hiperbólico y filosófico, para entender la lógica del poder depredador. Los archivos Epstein proporcionan la prueba terrenal, burocrática y sórdida, de que esa lógica puede materializarse en la realidad, adaptada a las formas del capitalismo global del siglo XXI.

Más allá de la anécdota depravada

Tanto la película de Pasolini como el caso Epstein trascienden la mera anécdota, sobre monstruos individuales. Apuntan a sistemas, estructuras y culturas de impunidad. Saló muestra cómo el poder absoluto corrompe absolutamente, desmantelando toda ética. Los archivos Epstein muestran cómo el poder derivado de la riqueza extrema y las conexiones imperiales, pueden crear zonas de excepción donde esa corrupción se practica.

Potentados: unos evidenciados y otros chantajeados

Pasolini fue asesinado en extrañas circunstancias, días después de que saliera a la luz pública su última obra: Saló. Aún su asesinato está sin esclarecer, tal vez a esas mismas elites de aquel entonces, aún 50 años después, les molesta que el arte los haya expuesto.

Epstein, vinculado estrechamente al sionismo, encarcelado producto de todo su accionar, aparece supuestamente suicidado en su lugar de reclusión. Asesinato perpetrado por esas mismas elites, intentando evitar que su intermediario, el que les hacía los mandados para las depravaciones, hablara más de la cuenta.

Sin terminar de revelar, están las conexiones entre este lucrativo negocio de esclavitud sexual de menores, con la que se financió por décadas la agencia de espionaje del sionismo (Mossad); el que a su vez suministró miles de horas de registros de las depravaciones sexuales de los potentados, que pasaron por la isla de Little St. James, las que usaron como fabulosa arma de chantaje… el hilo conductor de esta infame trama, es Gislein Maxwell –presentada como la “novia de Epstein”-, cuyo padre era uno de los integrantes del reducido círculo de los ‘Sayayines’ del espionaje del Mossad, que operaban desde el Reino Unido.

Mandatarios, empresarios, artistas, el jetset mundial al servicio de quienes poseen las pruebas, en silencio absoluto para evitar la exposición.

Los archivos Epstein van saliendo poco a poco a la luz, exponiendo a su tiempo, lo que es necesario para el sistema, sigue siendo útil para las elites mantener ocultas algunas cosas. Faltan los detalles, los responsables, las pruebas finales, pero falta, sobre todo, que lo que se expone, no quede en la impunidad.

El fantasma de Epstein persigue a Trump

En este proceso, mientras las elites van definiendo qué puede salir a la luz publica, los pueblos quedamos expuestos a las ‘cortinas de humo’, de quienes intentan evitar lo inevitable. Donald Trump, uno de los potentados que más va quedando en evidencia, busca encubrir, evitar o alargar el tiempo de exposición.

El brutal bombardeo a Venezuela y el secuestro presidencial, y las amenazas abiertas para tomar Groenlandia ‘por las buenas o por las malas’, volcando la atención hacia el Caribe y Europa, ocurren justo cuando comienzan a publicarse, una semana antes, miles de archivos, en donde se menciona el nombre de Trump cientos de veces, como asiduo cliente de las orgías de Epstein.

Ahora, que vuelven a exponerse nuevos documentos del caso, la tensión se vuelca sobre el pueblo iraní, su revolución islámica y el Asia Occidental. Sigue apareciendo en los documentos cientos de veces, el actual presidente de Estados Unidos, junto al Mossad como el controlador detrás del telón; lo que brinda una explicación del por qué la devoción de Trump ante los oligarcas sionistas y el por qué de su obsesión enfermiza contra Irán.

La lección compartida es ominosa: cuando el poder se divorcia por completo de los pueblos y queda supeditado al gran capital, el cuerpo del otro —especialmente el joven, el vulnerable— se convierte en el campo de juego último para su expresión. Pasolini usó la hipérbole del sadismo para advertir sobre los totalitarismos y el vacío espiritual de la decadencia del imperio de occidente.

Los documentos de Epstein, en su fría literalidad, nos recuerdan que la advertencia de Pasolini no era solo una parábola, sino un diagnóstico preciso de un peligro siempre latente: la conversión de la humanidad en mercancía para el placer y el poder de una élite sin rostro ni ley. Ambos, a su manera, nos obligan a mirar, con horror, el abismo que se abre cuando la civilización occidental es solo una fina película que recubre una barbarie organizada.

Aún está por escribir el final de esa película y en ese andar falta construir espacios de unidad que trasciendan el simple asombro y la indignación, sino que se aboquen a transformar y hacer que los responsables, que son los mismos que explotan y saquean naciones, que amenazan y bombardean las soberanías, se encuentren de frente con pueblos dignos que se resisten, desde todos los medios, a seguir siendo colonias, siervos y mercancías.

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